Una sonrisa apareció traviesa en su rostro. Comenzó a florecer una simple rosa en el jardín de su casa, blanca, tan delicada y sencilla que decidió ponerle un nombre.
Aunque ya tenía otra preferida, roja, casi marrón, medio seca, que sabía que no duraría mucho más. Tal flor, aunque en su gran apogeo, grande, abierta y esbelta, tenía heridas causadas de tormentas atrás, demasiadas, en las cuales no había pensado en cubrirla lo suficiente para que no sufriese. Cosas del inexperto. El tallo, suficientemente dañado, se empezaba a apoyar sobre la pared de la casa. Era como si la flor estuviese cansada como para seguir alzada por sí misma.
La nueva flor comenzó a abrirse con la luz que se colaba entre alguna nube y llegaba hasta ella. Blanca, casi transparente, casi un capullo aún.
Día tras día, la mujer regaba su jardín, dedicando especial esmero a aquellas plantas que le demostraban tener algo especial, algo que las diferenciara de las demás. Regaba unos tréboles, tres de ellos de cuatro hojas. Era extranño que apareciesen, cuando dicen que hay un trébol de cuatro hojas por cada diez mil, pero ahí estaban, siempre perennes, precisamente los recuerda ahí desde que alcanza su memoria. Otra planta que también estaba ahí desde hacía incluso más que los tréboles, se encontraba a su lado, dándoles sombra, de color rosa, grande y aunque parecía que tenía dificultades para estar en su posición, no estaba necesitada de nada, sólo estaba ahí para cuidarla de vez en cuando. Era bastante independiente. Luego, regaba una margarita, blanca con su centro amarillo, como todas, pero que nunca parecía que le tocasen las tormentas, era como si siempre la observase, como si siempre esa margarita estuviese ahí para cuando necesitase algo con lo que animarse y seguir hacia delante en cada momento difícil, una especie de gran amiga, quizá. Existían montones de plantas interesantes y que ya conocía, las trataba con ganas para que siguiesen ahí con todo el abono y agua del mundo.
Aunque esa flor blanca, ahí seguía, reluciente, crecía y crecía. Siempre que la veía sentía una gran tranquilidad, una esperanza de que se convertiría en una planta especial cuando creciera. Algo se lo decía. Lo sabía.
Un buen día, por la mañana, mientras cuidaba ese jardín, la flor blanca ya no estaba tan blanca. ¿Cómo podía ser? Se estaba tormando... un color... ¿amarillo? ¿Podía ser cierto? ¿Podían las flores cambiar de color? Lo había visto antes, con esa rosa anterior, pero cambió tan sutilmente ese tono que apenas lo notó realmente, cambió de rosa a rojo. Cosas de las plantas, pensó.
Esa flor blanca, ahora amarillenta, cada día tomaba un tono más fuerte, amarillo, un color precioso que llegó a embaucarla de tal modo que un día se quedo horas y horas mirándola, sin darse cuenta del paso del tiempo. Cada día la miraba... y la miraba...
Otro día notó que volvía a cambiar de color... ¿naranja? ¡si! Seguía cambiando de colores, como el arcoiris. Así hasta ese color rojo. Ni rojo pasión, ni rojo claro. No. Simplemente rojo. Las gotas de rocío que le resbalaban en cada petalo lo hacían de tal modo, como si resbalara un dedo sobre terciopelo. Suave, cálida, fuerte, brillante. Simplemente impresionante. La cuidó de cada tormenta, aunque no pudo salvarla de todas, incluso aveces no le puso abono, por descuido, por tirria, también puede ser. Pero ahí seguía, y sigue aún.
No ha vuelto a cambiar de color, puede que haya estado más débil algunas veces, pero desde aquél día que comenzó a florecer, sigue cuidada por esa mujer, y con muchas ganas.Tras esos casi 3 años desde que le sonrió a esa flor, tan delicada, probablemente ahora sea una de las más fuertes que estén en ese jardín casero.